Era imposible ordenar todo aquello. Cada vez que revisaba esos papeles guardados en cajas de colores, bonitas cajas recopiladas a lo largo de su existencia, se le nublaba la vista, se le empañaban los ojos y le sangraba el alma. No podía borrar sus recuerdos, eran parte de ella, pero a la vez , ocupaban sitio en su pequeño hogar, un sitio que necesitaba para otras cosas más prácticas. Tampoco era capaz de despejar el armario lleno de ropa que no le servía, pantalones que no llegaba a abrochar, blusas raquíticas o abrigos pasados de moda .Pero ¿y si adelgazaba, y vuelven las faldas plisadas o las camisas mao...? Un desastre es lo que era, su vida, su casa y su cabeza.
Contrató a doña Rosaura para que le tirara, sin ella verlo, todo lo
sobrante. Pero se echaba las manos a la cabeza cuando llegaba y
adivinaba las bolsas en el recibidor, llenas de sus recuerdos. Aquel
cuadro que le regaló un amigo, cuando tenía tan solo 17 años, y su
estado anímico no era de lo más boyante. Era un mal cuadro, que le gustó mucho en su momento, en aquella exposición en el bar de unos conocidos. Así que le llegó envuelto a su casa por sorpresa. Allí está, criando polvo, en el cuarto de la plancha.
Mientras tanto se empeña en observar con detalle los folletos de los Alpes, bajo una mortecina luz auxiliar en el sofá del salón. Arrebujada con una manta, devora con fruición los momentos que
llegarán cuando alcance las montañas, en un hipotético viaje futuro del que ya tiene la reserva calculada. Sus pequeños ahorros van menguando con los gastos cotidianos, mientras su sueños se diluyen día a día.
Así se la encontró Barbara. Los ojos enrojecidos por las lecturas y
restos de comida por la mesa, ropa por planchar, polvo por barrer...No
era un espectáculo placentero.
Bárbara era una vecina de esas que empujan para entrar en la vida de una, sin miramientos, sin preguntar. Se instalan y se apoderan de tu espacio vital llenándolo de sus propios trastos y neuras. Pero los ojos de Bárbara eran brillantes y llenos de vida, sus ojos eran las cataratas del niágara, salpicaban al mirarlos.
Sonó el teléfono. Eran de Cruz roja, informándole de un nuevo servicio
para los ancianos de su comunidad. Se mostró muy interesada y acordó
que iría a visitarlos para conocerlo más a fondo. Colgó, suspirando,
sabiendo que nunca iría, porque el esfuerzo de desplazarse hasta allí,
de abandonar su cálido hogar aunque fuera sólo unos instantes, le
suponía demasiado esfuerzo. La calle tenía cara de pocos amigos
últimamente. Llamó su madre, un viento fresco y renovador que amenazaba con ventilar su turbia mente, pero con promesas de " lo haré, mamá" se despidió amablemente. Sospechó que incluso los astros se habían confabulado contra ella, así que indagando un poco pudo ver a saturno transitando por una de sus casas, y quedó algo convencida de que había un orden oculto en las cosas, y que tarde o temprano saldría a luz la razón de ser de todo aquello.
Sus investigaciones solitarias le hicieron conocer los entresijos de
muchas cosas, le hicieron comprender porque se mueve el universo, y las pulsiones más ocultas del ser humano. Sólo observaba atentamente, intentado comprender.
La vida había sido generosa con ella, le había dado mucho y ella lo
tiraba todo por la borda, una y otra vez, en una especie de pataleta. No era eso lo que quería, sólo buscaba conocimiento. Así fue hundiéndose en la miseria, con premeditación y alevosía, forzando el fin, para encontrarse en el fondo de un pozo y poder resurgir , como nueva, en un nuevo mundo creado por ella misma, donde todo cuadraría y no existirían las casualidades.
Cruzaron personas malogradas de las que se encariñó, vio atisbos de felicidad que espantó rápidamente, creándose un futuro trágico, porque creía que lo merecía. A las tragedias no hace falta llamarlas dos veces, así que llegaron , y es que es peligroso desear, pues a veces los deseos se cumplen.
Pero Bárbara venía infundiendo nuevos ánimos y un poco de luz a tan oscura existencia. Bárbara era una persona muy activa, arrolladora y siempre con nuevas ideas que debían ser llevadas a cabo de inmediato, como si fueran a evaporarse si uno no las ponía en práctica al instante. Así surgió, conversando, la necesidad de aires nuevos, frescos, y horizontes perturbadoramente bellos. Bárbara rescató los folletos de los Alpes y escandalizada por su belleza la instó a hacer las maletas. Hasta doña Rosaura, siempre taciturna ante el tamaño desastre que vivía todos los días, se animó.
Quiso escribir todo aquello, darle forma, ordenar, pero la escritura se
la comía. Se metía tan en sí misma, que quedaba luego destrozada,
agotada, como si el bisturí hubiese estado rebuscando en sus entrañas por un largo rato.
Hay que vivir, correr, morir todos los días, si no la vida se diluye. Pero se ha quedado parada al borde del precipicio, y de ahí no la mueve nadie: ni para delante, ni para atrás. Como una estaca clavada en el borde del final. En el borde de todo.

